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Malo Malvado: Reseña de No Country for Old Men


No Country for Old Men (2007), de los hermanos Cohen, basada en la novela homónima de Cormac McCarthy, y ganadora de varias categorías de los premios Óscar, nos presenta más que un western reformulado. Los méritos de esta película son de todo tipo: las escenas duras y largas, los cambios bruscos en los encuadres cinematográficos y, sobre todo, la falta de banda sonora o música que acompañe al silencio.



La trama es la siguiente:

Llewlyn Moss (Josh Brolin), al toparse –mientras está de cacería– con la escena de un tiroteo entre narcotraficantes, huye del oeste de Texas a la frontera con México. Es perseguido por Anton Chigurh (Javier Bardem), un psicópata y asesino a sueldo, a quien le es muy liviano matar. Los encuentros entre Llewlyn y Chigurh, que se llevan a cabo en hoteles y avenidas, son cortos pero sumamente violentos; quien más ventaja tiene, desde un principio se sabe, es el segundo. La impunidad o la nula funcionalidad de las leyes en ese estado fronterizo hacen que Chigurh ejecute con facilidad las acciones necesarias para llegar hasta Llwelyn. A nadie le interesa un cuerpo baleado. Después de varias amenazas y de un intento fallido de aniquilar a Chigurh, las cosas parecen calmarse. El final es más complejo de lo que aparenta: en un descuido por unas cervezas y la información que dio su suegra, así como su esposa, sobre su paradero, Llewlyn es asesinado. Chigurh queda con vida, aunque herido por un accidente automovilístico.



Lo que resalta en toda la película es la maldad de Chigurh, sí. Pero aún más impactante es lo que provoca en el espectador. Chigurh nunca se toca el corazón ante sus víctimas; ni aún cuando, para asesinarlo, tapa la cara de un narcotraficante mientras éste le suplica “no me mates por favor”. La maldad que profesa Chigurgh tiene que ver con la diversión, con comparar el asesinato con algo tan fácil como respirar o lanzar una moneda al aire. Todo lo anterior resalta el papel que tienen en nuestra realidad la crueldad, las personas consideradas como “locas” y, más que nada, el sentido dado al acto de matar o asesinar. En esta película, podemos ver que la supuesta banalidad de lo malvado va más allá de la frialdad de jalar un gatillo o ahorcar a alguien, y que si tiene un significado, tal vez no puede ser articulado con palabras.

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